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Muertos por COVID-19 rebasan los 200.000 en Brasil

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Parientes asisten el jueves 7 de enero de 2021 al sepelio de Jos Abelardo Bezerra, de 71 aos, en el cementerio de Inhauma, en Ro de Janeiro, Brasil, despus de que falleciera de complicaciones relacionadas con el COVID-19. (AP Foto/Bruna Prado)

SAO PAULO – La noche anterior a la víspera del Año Nuevo en Río de Janeiro, miles de personas en traje de baño colmaron la emblemática playa de Ipanema para festejar y beber frente al mar. Fue una de muchas fiestas al aire libre a lo largo de la vasta costa de Brasil desde la llegada del verano septentrional a pesar del aumento en el número de muertos por COVID-19.

“La aglomeración era tan grande que no se podía poner un pie en la playa”, dijo un trabajador de mantenimiento en un lujoso edificio de apartamentos al otro lado de la calle. “Y no fue sólo en la noche; la playa también estuvo atestada durante el día. ¡Y nadie usa mascarilla!”, agregó, insistiendo en guardar el anonimato por temor a que el propietario del edificio lo sancionara por hablar ante un reportero.

El estallido de celebraciones ocurrió justo antes de que Brasil fijara una nueva marca por la pandemia: El jueves rebasó las 200.000 muertes, tras registrarse 1.524 en las 24 horas previas para un total de 200.498, según el ministerio de salud. Es el segundo total de fallecimientos más elevado del mundo, de acuerdo con la base de datos de la Universidad Johns Hopkins.

Muchos brasileños se han resistido durante meses a la cuarentena, yendo a bares o a pequeñas reuniones con amigos, pero había habido pocas fiestas en gran escala, y habían sido distantes unas de otras, desde que comenzó la pandemia. Las celebraciones comenzaron después de que el verano empezó en el hemisferio sur el 21 de diciembre.

Mientras muchos países imponían nuevas restricciones para contener la propagación del virus a mediados de diciembre, el gobierno del presidente brasileño Jair Bolsonaro dio su anuencia a las celebraciones de fin de año bajo el sol. El ministro de turismo, Gilson Machado, dijo a la estación radiofónica Jovem Pan que las reuniones de hasta 300 personas eran perfectamente aceptables. La decisión de imponer restricciones es prerrogativa de los gobiernos locales; algunos las adoptaron pero fueron ignoradas.

Un destacado youtuber organizó una fiesta cerca de una playa fluvial para cientos de personas en el estado de Alagoas, en el noreste del país. Días después, la prensa local informó que 47 personas, incluidos invitados y personal sin mascarillas, contrajeron el COVID-19. Al menos dos fueron internadas en unidades de cuidados intensivos.

Una fiesta de cinco días por el Año Nuevo atrajo a 150 personas cerca de una propiedad del astro del fútbol Neymar en las afueras de Río, aunque el jugador rechazó tener algo que ver con ese evento.

En las afueras de Sao Paulo, Bolsonaro comenzó 2021 saltando desde una embarcación y nadando hacia una multitud de simpatizantes sin mascarilla que lo aclamaban.

Y la policía en la ciudad de Bertioga en la costa de Sao Paulo utilizó gas lacrimógeno para dispersar una celebración en las primeras horas del día de Año Nuevo.

“Justo antes de las fiestas, la situación ya se estaba poniendo mal. Sin embargo, esta semana o la próxima se pondrá aún peor”, dijo hace unos días Domingos Alves, profesor adjunto de medicina social en la Universidad de Sao Paulo, a The Associated Press.

Alves, que encabeza un equipo de investigadores que da seguimiento a información del COVID-19, advirtió que los casos confirmados por día en diversos estados ya rebasaron los niveles máximos registrados en Brasil en julio.

Las unidades de cuidados intensivos en muchas ciudades están de nuevo abarrotadas de pacientes con COVID-19. El alcalde de Manaos, capital del estado de Amazonas —donde según especulaciones de un estudio local era posible que se hubiera logrado la inmunidad de rebaño después de su primera ola brutal—, declaró el martes un estado de emergencia durante 180 días y suspendió todos los permisos para eventos. Las autoridades estatales prohibieron todas las actividades no esenciales durante 15 días en la mayor parte de la ciudad.

La urbe de 2,2 millones de habitantes acumula 3.550 decesos desde que comenzó la pandemia, y ha aumentado el número de inhumaciones por COVID-19. Afuera de al menos un cementerio vehículos hacían fila llenos de personas que aguardaban a sepultar a sus seres queridos.

Vanda Ortega, enfermera voluntaria en la Comunidad de Naciones Indígenas de Manaos, dijo a la AP que la ciudad había adoptado una postura laxa frente al virus, primero durante las elecciones locales de noviembre al permitir grandes actos políticos y largas filas de electores.

“Después tuvimos la temporada navideña con la realización de muchas fiestas en secreto”, señaló Ortega, que pertenece a la etnia witoto. “Vivimos en una zona donde las personas ricas tienen cabañas. Organizan fiestas cada semana”.

Muchos alcaldes de ciudades costeras en Sao Paulo ignoraron las restricciones impuestas por su gobernador con motivo del fin de año. En al menos 12 ciudades, los alcaldes mantuvieron las tiendas, hoteles y playas abiertas a los turistas.

Imágenes de congestionamientos de tránsito y playas atestadas, con multitudes en las que la mayoría no portaba mascarillas, fueron tan impactantes que Paolo Gentiloni, comisionado europeo de economía, manifestó su incredulidad en Twitter: “Vi imágenes vergonzosas de Brasil”.

Y Bolsonaro —que ha minimizado de manera constante los peligros del virus a pesar de haberlo contraído— dejó entrever con su nado de Año Nuevo que continuará ignorando las medidas de protección observadas en la mayoría de los países.

“Me zambullí con una mascarilla para que no me fuera a infectar del COVID de los pececillos”, dijo después el mandatario en broma afuera del palacio presidencial.

Incluso algunos brasileños que se consideran cautelosos están bajando la guardia. El aficionado al fútbol Ricardo Santos, de 46 años, dijo que se cubre la cara cada vez que sale, lleva sanitizante para manos en una bolsa y respeta el distanciamiento social. Pero el miércoles, él y una docena de otros seguidores del Palmeiras se fueron a un bar en el centro de Sao Paulo para ver jugar a su equipo.

“Pasé el Año Nuevo sólo con dos amigos que viven en el mismo edificio. Tomo precauciones. Pero a veces uno tiene que aceptar un poquito de riesgo para preservar su salud mental”, manifestó Santos.

En la playa de Ipanema en Río, Joao Batista Baria, de 57 años, dijo que culpaba a las autoridades de no proteger a los habitantes más pobres.

“Todo el mundo está hablando de estas fiestas en la playa, pero también hay aglomeraciones en el autobús, en el metro”, declaró Baria mientras limpiaba las sillas plegables que turistas y lugareños alquilan para tomar el sol del verano. “La gente viene a la playa porque quiere. Yo necesito tomar el autobús para llegar a mi trabajo”.